En silencio, a Fidel Castro lo han purgado. En las galerías de los
nostálgicos de la revolución solo van quedando sus esporádicas Reflexiones, donde el caudillo anuncia desastres atómicos, el fin del capitalismo, o designa a la moringa como el alimento del futuro.
Si se observa la cotidianeidad cubana de manera razonable, se llega a
la conclusión de que con
cada paso de Raúl y sus tímidas reformas, se
entierra de manera más profunda "el legado" de Fidel. Ha sido una obra
de hechicería política de Castro II mantener la fraseología aburrida y
los símbolos ideológicos mientras desmonta el tinglado montado por su
hermano.
Los hombres de confianza del Comandante en Jefe están en plan piyama o
presos. O como Felipe Pérez Roque y Carlos Lage, trabajando en
fábricas.
De un tiempo acá, los homosexuales son revolucionarios. Las escuelas
en el campo fueron una mala idea pues intentaban suplantar a la familia.
Los celadores de la frontera nacional abren el portón y dicen que ya
todos pueden viajar. También podemos alojarnos en hoteles, comprar
cacharros salidos de los talleres de Detroit o viejo Ladas rusos, vender
casas y hacer legalmente todos esos negocios que antes se hacían de
manera oculta. Todo esto si tenemos dinero, claro.
No nos han dicho por qué todo estuvo prohibido durante tantos años.
No se culpa a nadie. Pero quienes diseccionan el poder en Cuba, saben
que Fidel Castro, promotor de la antigua jerigonza política, se hunde
poco a poco en el barro.
Hasta su hijo se salta los preceptos paternos. Y anuncia que los otrora traidores, desertores y apátridas
del movimiento deportivo cubano son ahora bienvenidos. Seguramente se
podrán alistar en futuros equipos nacionales y montar empresas… mientras
paguen el fisco.
El régimen es ahora un capitalismo de familia. Una tecnocracia. Ya se
puede hablar pestes del Gobierno en un taxi o en la bodega del barrio.
Pero se va a la cárcel si evaden los impuestos.
Tony, por su parte, no se quiere quedar atrás en la repartición del
pastel. El ex yerno de Raúl Castro y sus generales de confianza
controlan el 80% de la economía real: el petróleo, el puerto del Mariel,
el turismo, la exportación de servicios médicos y los negocios
recaudadores de moneda dura.
Tras las palabras de Antonio no hay farol ni exabrupto. El régimen está enviando un mensaje: quiere negociar con Estados Unidos.
Tomando como modelo la diplomacia del ping pong de Nixon en los años
70 con China, Tony intenta seducir al mercado de Grandes Ligas. Tiene
bazas a su favor. En 2013 los peloteros
que se han marchado, en su
conjunto, han tenido su mejor temporada. Si sumamos los salarios de los
jugadores cubanos, veremos que se acercan a los 600 millones.
Y los sesudos en La Habana sacan cuentas. Si algún día el embargo
desapareciera, cientos de peloteros cubanos podrían nutrir las
organizaciones de las MLB y… los bolsillos de los jerarcas políticos
cubanos.
A todos los profesionales, la cuchilla fiscal los gravaría con altos
impuestos. Y los ceros en las cuentas bancarias de parientes y compadres
crecerían. Por supuesto, para llegar a la danza de los millones y
vender el despojo de una nación se necesita que los obstinados gringos
levanten el embargo.
Diplomáticos castristas gastan las suelas de los zapatos en la
Florida, para convencer a empresarios cubanoamericanos de las bondades
de una nueva ley de inversiones. Por decimoquinta ocasión, el canciller
dice en la ONU que el malo de la película son los yanquis que no desean
quitar el "criminal bloqueo" y sentarse a charlar civilizadamente de
negocios como todo buen capitalista.
En esta piñata en que se ha convertido Cuba, Antonio Castro pretende
ser el dueño de la futura pelota profesional. Bueno, por ahora lo es.


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